Cuentan que taciturno y oscuro,
como tallado en madera,
como fundido en volcán,
era Sandino y que de lejos
a veces se confundía
con la quietud del breñal.
Cuentan que se educó en la intemperie
y que a las bestias del monte
copió su forma de andar;
ahí fue que ejercitó la mirada,
la calma, la ligereza,
la agilidad del jaguar.

Allá va
el general,
rayo de luz sobre el trigal.
Allá va
el general
como una estrella sobre el mar.

Hosco como la greda reseca,
como una piedra oxidada,
huraño como el carbón,
así creció Sandino en la lluvia,
templando en la tierra antigua
sus dedos de labrador.
Supo que aquellas tierras que hería
con sus dos manos hermosas
y aladas de sembrador
eran un territorio cerrado,
la jaula donde dormía
gorriona con su gorrión.

Viendo que el monte no se movía,
partió Sandino hacia el monte
una mañana de abril.
Desde las minas de San Albino,
su azada de hierro dulce
se convirtió en un fusil.
Cuentan que fueron miles entonces
los que se alzaron del miedo
al ver pasar su perfil:
así, Sandino entró a la memoria
de América, la morena
quiero decir, mí país.

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